Páginas

lunes, 25 de marzo de 2013

¿Y si nos morimos?

Segun datos estadísticos del 2012, una persona podría tomar un vuelo diario durante los próximos 123,000 años antes de ser víctima de un accidente aereo y sin embargo subirse a un avión nos sitúa en una condición de enorme vulnerabilidad. Afectados no sólo por la influencia del cine, sino por las todavía más trágicas historias reales que se dieron a conocer después del 11 de septiembre del 2001. Personas que al entenderse sin salida decidieron usar sus teléfonos para llamar a sus seres queridos y en el mejor de los casos decir adios. ¿Qué hacemos los seres humanos cuando tenemos de frente la posibilidad de estar plenamente conscientes estar viviendo nuestros últimos momentos?
Avión lleno en ruta Ciudad de México - Cancún, es el inicio de las vacaciones de Semana Santa, viajan familias con niños chiquitos, adolescentes y adultos jóvenes por su cuenta, turistas nacionales y una buena dosis de extranjeros. Cundo abrochan su cinturón lo único que pasa por su mente son los planes que harán realidad en cuanto lleguen a su destino. Luego las precauciones, no puede ir un adulto con más de dos niños, los menores no pueden sentarse en donde haya una puerta de emergencia, apagar los aparatos electrónicos y entre una mezcla perfecta de fé y superstición los que se persignan antes de despegar. Unos por llegar con bien, otros por despegar a tiempo, desde el eterno adios de Mexicana la puntualidad de la competencia brilla por su ausencia y otros quizá porque la posibilidad de un nuevo aeropuerto en la Ciudad de México se haga realidad.
Despega, todo genera sospecha, los ruidos poco comunes y el movimiento de las alas de la aeronave, sospecha que las aerolíneas saben calmar muy bien con refresco y papitas, otros vino, cerveza o tequila. Se escuchan las conversaciones, chistes, ronquidos y algunas risas, esas son generalmente de niños.
Se prenden los avisos de que estamos por llegar, asientos arriba, cinturones abrochados y un repentino descenso que no se esperaba, pareciera que el viento estaba adelantándose a las decisiones del piloto. Por instinto y por segundos te agarras con fuerza del asiento, se hace un silencio que se rompe con las risas nerviosas de los pasajeros, al final, teníamos que bajar y el suelo parece estar cerca, demasiado cerca y demasiado rápida la velocidad del avión como para que hubiera un aeropuerto lo suficientemente extenso para bajar a esa velocidad y entonces sucede, el avión que estaba a escasos metros del piso se vuelve a elevar y el ambiente cambia.
Ya no hay risas nerviosas, el silencio es interrumpido por repentinos "ya cálmate". Unos lloran discretamente, otros se dicen a si mismos en voz alta "ya lo sabía, algo iba a pasar".
En mi pierna izquierda dormido mi hijo de 3 años, mejor que esté así, pensé. Debajo de mi brazo derecho la de 9 que pasó todo el día anterior preguntando si el avión volaba sobre el mar porque tenia pánico de caer sobre él.
- ¿Qué pasa?
Con voz apresurada y la certeza de que su miedo ahora sí tenía sustento.
- Todo está bien- contesté pensando lo contrario, los papás nos entrenamos en el arte de mentir por un bien mayor.
Mi hija es lista podría haber intuido que eso no era cierto, pero algo jugaba a mi favor. El silencio. Nadie hablaba más de lo necesario. Podrían haber sido nuestros últimos momentos y pareciera que lo que nos teníamos que decir, lo realmente importante era sólo a nosotros mismos.
Segundo intento por aterrizar, el silencio se hace más pesado. Tomas de la mano a los que tienes cerca y esperas que no pase lo peor, te descubres creyente pero no te resignas, temes que un simple estado metal podría ser determinante. Simplemente esperas.
Viento, tambaleo, velocidad, descenso y ese enorme placer que se siente gracias a ese ruido que por primera vez se aprecia hermoso, el del tren de aterrizaje tocando el suelo. Hemos llegado. ¿Qué hacemos? ¿Qué es lo primero que decimos cuando sentimos que podemos seguir haciendo planes? Aplaudimos, eso fue todo. Aplaudimos y seguimos haciendo planes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario