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martes, 11 de noviembre de 2014

La Gran Función (cuento)

Para el amor de mi vida
La vida es eso que nos pasa. 


El lugar parecía un caos, unos gritaban corriendo de un lado para el otro sin llegar a ningún lugar, una mujer de corta estatura con los pelos rojos se peleaba con unos pedazos de tela que no le quedaban en la forma que se esperaba hicieran, un payaso triste lloraba en una esquina porque estaba convencido de que no era lo suficientemente chistoso, pero los chistes comunes, los que siempre funcionaban le provocaban un enorme dolor, la malabarista no dejaba de echarse más y más cosas encima para que su acto fuera de lo más espectacular; primero intentó con 3 pelotas, luego agregó la varita del mago, el sombrero de un payaso, el rastrillo olvidado de la mujer barbona y así hasta que pareciera un acto de lo más ridículo. Mientras tanto en la alturas alguien parecía mantenerse ajeno a todo el ajetreo. Bajo sus pies un pequeño cable evitaba que cayera al vacío, una enorme vara le ayudaba a mantener el equilibrio y lo pesada de su respiración lograba silenciar aquel escándalo. Daba pasos pequeños pero firmes y sin hacer ruido alguno se disponía a hacer la mayor acrobacia de la historia, esa que nunca ante nadie hubiera visto. 

No era para menos lo que en este circo sucedía. Se preparaban para dar la función de su vida. Desde el nacimiento de cada uno de estos personajes se les había entrenado para ese momento. Comieron higadito de niños a pesar de detestarlo para desarrollar músculos fuertes, se levantaron temprano para poder entrenar lo necesario y así convertirse en los mejores, se alejaron de los vicios, de las malas amistades y todas las noches se fueron a dormir temprano. Había mucho en juego y aun tantas cosas por definir. 

Los enanos peleaban ferozmente por definir quién tenía que entrar primero al escenario, uno de ellos aseguraba a gritos que tenía que hacerlo el más alto. El equilibrista estuvo a punto de decirles que ambos medían lo mismo pero sabía que tarde o temprano ellos se darían cuenta, sólo les faltaba crecer un poco más para notarlo. Así que respiró profundo, se concentró en sentir el minúsculo cable bajo sus pies y dio un paso más. 

A lo lejos se veía el ventrílocuo, estaba  molesto porque su muñeco nunca contestaba de la forma correcta, no hace lo que le digo, se quejaba. No hace lo que le digo, repetía el muñeco y le sonreía de vuelta esperando su aprobación. El ventrílocuo se enojaba, gritaba, hacía una pataleta y su muñeco repetía todo en una copia idéntica. 

Por otro lado estaba el mago, no encontraba su varita mágica y temía ser reconocido como el mayor de los fraudes, porque sabía que de ser un mago de verdad tendría que poder hacerla aparecer, pero cómo tener magia sin varita. Iba y venía sumido en la filosofía de ilusión a grado tal que no le permitía ver que la malabarista la seguía usando.  

El domador se movía a lo largo y ancho de la carpa tratando de convencer a cada uno de sus compañeros de que él era el más adecuado para ejercer el papel de maestro de ceremonias, no era que el trabajo le apasionara demasiado, pero desde que habían prohibido el uso de animales en los circos se había quedado sin mucho que hacer. Cuando sus compañeros cuestionaban sus capacidades para llevar acabo semejante papel, es enseñaba el látigo con el que solía trabajar y de inmediato dejaban en el olivo toda duda. 

El mentalista era incapaz de leer sus propios pensamientos, el tragafuegos hubiera preferido ser bombero, el hombre fuerte lloraba porque aseguraba que el espejo lo hacía ver más pequeño. Parecía que así no llegarían a ningún lado.

Mientras tanto en las alturas, el equilibrista se preparaba para dar el paso final. En el trayecto había pensado en muchas cosas, todas esas que sólo puedes ver a la distancia y que compartiría con sus compañeros tan pronto bajara. El cable bailaba sin ritmo, la vara se movía de un lado a otro como si fuera jalada con la intención de hacerlo caer, tenía miedo, pero también sabía que era lo suficientemente fuerte puesto que ya había recorrido gran parte de trayecto. Mientras el pié izquierdo volaba para alcanzar la plataforma sintió como si el peso se concentrara del otro lado y el cable se fuera a vencer, el estómago se le hundió pero no logró vencerlo. Sus compañeros  fueron volteando uno a uno y quedaron en silencio absoluto al observar lo que estaba sucediendo. Alcanzó la plataforma con el primer pié y lo que siguió duró la mitad, de la mitad, de la mitad de un microsegundo y a la vez una eternidad. A la velocidad de la luz y para  sorpresa de todos había logrado lo imposible, llegaba a la plataforma y se encontraba a salvo tras conseguir la más grande de las proezas que cualquier circo hubiera visto jamás. El silencio se interrumpió con una enorme ovación, los aplausos eran ensordecedores, tanto que no podían sólo provenir de sus amigos los miembros del circo. El público había estado presente todo este tiempo. Fue sólo él, el equilibrista quien siempre supo que desde el primer momento, la función había comenzado.