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La muerte siempre
me ha intrigado. Acosado. Me habla al oído en medio de las carcajadas. Se mete
bajo la piel cuando abrazo a mis hijos. Observa atenta los momentos más
preciados de mi vida. Hemos hecho un acuerdo aunque ella no ha respondido, no se acercará demasiado hasta que haya rebasado
los 85. Me hablará de frente una tarde de jacarandas durante una sobremesa
divertida cuando nuestra conversación sea el quita risas. Mientras tanto
acecha. Se encarga de que no olvide su presencia.
Me intriga también el dolor
que generan sus visitas. Cuando saluda a alguien mas lloramos como si
desconociéramos nuestro destino, como si ignoráramos que tarde o temprano
seremos el otro, el que se va.
