Nos
preocupa el bullying, nos aterran sus cifras, exigimos a las escuelas que hagan
algo al respecto, condenamos a los padres que no castigan a sus hijos por
hacerles la vida miserable a otros, nos aterra que se use internet para exhibir
el acoso y estamos conscientes de los efectos que sufren sus víctimas, desde
los daños a su autoestima como las historias de terror de jóvenes que terminan
quitándose la vida.
¿Pero
somos malvados por naturaleza o estos engendros del mal han tenido muy buenos
ejemplos?
En
la sesión del 21 de diciembre en la cámara de diputados la diputada del PAN
Mariana Dunyaska García Rojas le dijo a Francisco Arroyo quien preside la
Cámara, que era víctima de burlas, intolerancia y hasta discriminación, parte
proveniente de mismo Arroyo. El presidente respondió: Gracias, túrnelo a las
comisiones correspondientes.
El
rey de la televisión infantil de todas las décadas, Chabelo, es el ejemplo
perfecto del Bully. Siempre tiene el comentario atinado para hacer reír a su
público a costillas de alguno de sus invitados, de los defectos o carencias de
alguno de sus invitados.
Bulleamos
al los policías (las ladies de polanco), a quienes creemos que deben ponerse a
nuestro servicio (el gentleman de las lomas), pero al que más nos gusta
molestar es al presidente, en algunos sexenios más que en otros (Fox), y en
algunos desde la misma campaña (EPN).
Sin embargo nos cuesta trabajo diferenciar el chiste y la protesta genuina, de
la violencia, porque los tres casos siempre se escudarán en la libertad de
expresión. Y pareciera que cuando el personaje que acusa, grita o hiere es
menor, tiene un derecho implícito para lanzar las piedras. No así el otro para
defenderse o contestar.
Si
como sociedad realmente queremos educar una generación que no disfrute de la vergüenza
ajena, deberíamos los adultos de dejar de reírnos un poco.
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