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martes, 22 de enero de 2013

Ahora sí se va a acabar el mundo.



            Tres situaciones en las que políticos y funcionarios decidieron ser honestos pese a la brutalidad de sus declaraciones es una señal innegable del fin del mundo. Es probable que ello ya lo sepan y sus derroches de honestidad no sean mas que una confesión para purificar su alma.

El fin de semana el panismo se reunió para decirse las netas, quizá por eso faltaron tantos al evento. La “verdad” venía en forma de documento con la emoción del mismísimo “yo confieso”. Yo confieso que he caído en los errores de mi antecesor entre los que se incluyen autoritarismo y corrupción. ¡Tamaño declaración! Que además ahora lo convierte en un pecado mayor: el de omisión. Porque sería muy interesante que su comisión de mejora y evaluación le pusiera nombre y apellido a cada pecado y que como buenos católicos romanos apostólicos hicieran penitencia denunciándolo a las autoridades correspondientes. #Ayaja me pasé de ingenua.

Esta misma semana se dio a conocer que la PGR admitió que no tiene pruebas que den sustento a las declaraciones de los testigos protegidos que fueron razón suficiente para que en Agosto les dictaran formal prisión a los generales Tomás Ángeles y Roberto Dawe. Así que ahora sólo falta esperar un: “Gracias por haber sido huéspedes incómodos de nuestro fallido sistema de justicia, ahora pueden volver a casa”. Porque eso de pedir perdón, no creo que vaya a suceder. Ahora bien, con esos métodos de investigación más habría valido que la PGR utilizara videntes en vez de testigos protegidos. Seguro que los encuentran hasta con los mismos nombres. Madame Jeniffer o Mateo Mercado.

Y el último ejercicio de honestidad viene del Instituto de Información y de Acceso a la Opinión Pública de toda la Información Disponible para la Ciudadanía dese el Gobierno, mejor conocido como el  IFAI. Fue nombrado el Comisionado Presidente de este instituto Gerardo Lavega, pero a uno de los comisionados, Ángel Trinidad Zaldivar, no le pareció el nombramiento, llamó al presidente perezoso por tener un retraso en sus asuntos, a lo que Laveaga, en un ejercicio de honestidad confesó, que no tenía 291 asuntos en el escritorio, eran 250 pero que su problema era que leía más lento que el resto de sus compañeros. Después fue acusado de haberse quedado dormido durante un debate con el senado, a lo que respondió: “Sí, cerré los ojos, pero sólo para escuchar mejor”.

Aquí tres contundentes pruebas de que el mundo está cambiando, ¿qué tiene que asustarnos? ¡Qué a penas es martes!

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