El uso de sustancias para mejor el rendimiento deportivo o
intelectual es tan antiguo
como la historia de la humanidad. En la
prehistoria tribus Africanas consumían nuez de cola para mejor su rendimiento,
en China los comandantes usaban MaHuang para estimularse. En la época Romana
los gladiadores mezclaban alcohol con estimulantes para recuperarse de forma
mas rápida del cansancio y las heridas. Y en Latinoamérica el consumo de hojas
de coca para obtener mayor resistencia no es una práctica nueva.
En 1904 Thomas Hiks ganó el Maratón en lo juegos Olímpicos con ayuda de un coctel de estricina y Brandy, se desplomó después de cruzar la meta. Pero fue hasta 1928 que un organismo deportivo internacional prohibió el uso de sustancias estimulantes, el motivo, la gran cantidad de muertes provocadas por el uso de las mismas.
Un atleta dedica su vida entera a conseguir más de lo
humanamente posible, a correr más rápido que el día anterior, a cargar más
peso, a resistir una mayor distancia. Si un deportista come, duerme, entrena,
y hace todo lo necesario para ser el mejor…¿Cuál es y en dónde estará el
límite? ¿Por qué esperamos que lo sobre humano se haga de la forma mas natural
posible?
Si nos sorprende que un atleta use sustancias prohibidas
para mejorar su rendimiento; somos de memoria corta.
Si nos sorprende que un atleta mienta para mantener la
imagen e ingresos que ha construido; somos ingenuos.
Pero
si no nos sorprende cuando escuchamos a Lance Armstrong decir: “Lo hice porque
lo que me importaba era ser el mejor”, es porque nosotros somos cómplices.
Porque los resultados humanamente posibles han dejado de ser suficiente.
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